Hace algunos años descubrí la existencia de un personaje completamente sorprendente. Se trata de Florence Foster Jenkins, una socialité newyorkina de principios de siglo XX, cuya particularidad radicaba en una extrema afición por el canto lírico y una igual falta de talento para su interpretación (hay registros de su único disco grabado).

Es en los detalles donde está la riqueza de las cosas, los matices, las cualidades diferenciales, los elementos más sensibles. Cuando contamos con los detalles es más fácil establecer un contacto más humano con el entorno, más honesto, vinculante y consciente. Son los detalles los que emocionan.

Lo tragicómico de la situación es que ella solía dar constantes recitales en su domicilio en Manhattan, a los cuales asistía buena parte del jet set de la Gran Manzana de aquella época, quienes, ya fuese por el cariño que le tenían o por los agasajos comestibles y bebestibles que recibían, aplaudían a rabiar cada pieza interpretada por la “soprano”. De hecho, cada año realizaba un concierto especial en el Ritz-Carlton donde hacía gala de sus interpretaciones, así como también de floridos trajes que mandaba a hacer especialmente para la ocasión. Cada gala terminaba, obviamente, con el aplauso de pie del fervoroso público asistente.

La historia no termina tan bien cuando, empujada por sus fans, decide hacer un gran show nada menos que en el afamado Carnegie Hall. Las entradas se agotaron semanas antes. El nerviosismo y el morbo no estaban ausentes. Y como era de esperarse, la crítica especializada de la época no tuvo piedad con Florence. Dicen que este episodio acabó con su vida.

Traigo esta pequeña historia a colación para hablar de lo que hace tiempo tiendo a llamar el Efecto FFJ. Dicho efecto se aplica a quienes, “desafinando” en su cometido, flaqueando en habilidades y competencias o en medio de un flagrante error, son aplaudidos por un séquito febril y permanente, ya sea por cariño, obsecuencia o mero interés.

Así, estas personas (muchas de ellas en altos puestos de liderazgo) tienden a perder de vista las opiniones tanto mas objetivas de aquellos que con razón los critican. Esto puede llevarlos a no ser capaces de enmendar el rumbo o a ser contumaces en el error. En mi ejercicio profesional me ha tocado ver líderes que sufren este efecto, que, de alguna manera, segados por los aplausos pierden la perspectiva de sus actos y los efectos de estos. Porque ojo, Florence era una bella persona, dedicada y consistente en sus actos. Las personas que la rodeaban y le hacían vivir una realidad ficticia ¿eran malas personas? Probablemente no.

En definitiva, es la conjunción de ambos actantes la que termina en una fantasía tragicómica. En definitiva, el propósito de este pequeño texto es relevar la importancia de dudar del exceso de aplausos y halagos, de abrirse a la crítica, de pedir y escuchar el feedback de las voces divergentes, que están ahí para mostrarnos cuando no estamos dando la nota correcta.

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